Dos deseos
Cuando la muerte se acerca el alma comienza a desprenderse lentamente y, a veces, en esos últimos momentos, es capaz de contemplar a su propio cuerpo desde la distancia.
Se vio tendida, sobre la mesa quirúrgica, con el rostro descolorido y el tubo del ventilador metido en la garganta, deformando su habitual sonrisa. El sudor de las mejillas había borrado la delicada capa de colorete que se había puesto para maquillar su cara; había querido verse hermosa para conocer a sus bebés. El resto del cuerpo estaba cubierto por campos quirúrgicos manchados de sangre. El abdomen había sido abierto de un extremo a otro con el filo de un bisturí. Las manos de los médicos luchaban desesperadamente para controlar la hemorragia que venía de su interior… y para sacar a los niños lo más pronto posible.
Con cada segundo que pasaba y cada mililitro de sangre que se perdía, el alma se alejaba un poco más del talle.
No podía ayudar, gritar o rezar.
No lograba aferrarse a su carne, a sus huesos o a sus críos.
El embarazo había sido difícil de conseguir por sus cuarenta y seis años de edad, pero con la ayuda del doctor se había logrado una doble gestación. Todo había ido bien; la panza se había puesto enorme, sus pechos estaban listos para lactar y su pelvis preparada para parir. Todo había ido bien hasta el día anterior, cuando se había instalado el dolor de cabeza y las náuseas se habían apoderado de ella. No había querido molestar al ginecólogo a esa hora y había preferido hacer sus ejercicios de respiración y relajación. Al amanecer se había agregado un intenso dolor en la boca del estómago y se le había puesto rígido el abdomen. Sus bebés parecían haberse cansado y habían dejado de patear por dentro. Ella había decidido esperar a sentir las contracciones antes de prepararse para ir al hospital, como lo había aprendido en su curso psicoprofiláctico. Pero el dolor había escalado sin cesar y su presión había comenzado a pulsar como tambor bajo sus sienes. Nunca contempló que el tráfico de la ciudad retrasaría aún más su llegada al hospital y para entonces, el dolor había rebasado lo insoportable; había sentido cómo si la partieran en dos. Había vomitado en el coche, se le había obscurecido la vista y no se había podido percatar del terror en la cara de su esposo. La habían tenido que llevar en silla de ruedas a la sala de labor. Lo último que escuchó fue a las enfermeras asustadas pidiendo a gritos que llamaran a su médico.
El diagnóstico: preeclampsia severa.
Las órdenes del doctor: pasar de inmediato a cesárea de urgencia por riesgo alto de muerte para el trinomio.
El hallazgo: hemorragia severa por ruptura hepática hipertensiva.
Si las almas pudieran llorar, ésta se hubiera vaciado en lágrimas. Con desgarrante impotencia presenció cómo extraían al primer bebé, morado y flácido; sin vida. El segundo, con un poco más de tono muscular pero extremadamente débil había sido rápidamente bloqueado de su vista por la velocidad con que los neonatólogos lo habían sacado de ahí. La hemorragia seguía brotando del abdomen, había alaridos desesperados, ordenes vacías, personas entrando y saliendo de la sala; todo en absoluto caos.
Más sangre caía al piso de la que podían transfundir de regreso los médicos.
Menos tensión arterial se producía en el sistema circulatorio de la que se podía registrar en el monitor.
Menos frecuencia cardiaca surgía del corazón de la que se podía escuchar con un estetoscopio.
El alma no sólo se alejaba más y más de su cuerpo, sino que también empezaba a difuminarse en el aire y su visión de los hechos se hacía cada vez más nebulosa.
De pronto, un cirujano metió su mano profundo en el abdomen y aplicó presión sobre las arterias que nutren al hígado; una maniobra desesperada y muchas veces riesgosa, pero la única y última opción. Al mismo tiempo ordenó que empaquetaran el abdomen con la mayor cantidad de compresas hasta estrujar toda la zona y aplastar todas las posibles fuentes de sangrado.
Por unos segundos reinó el silencio… y la esperanza.
Las transfusiones empezaron lentamente a rellenar el torrente sanguíneo y las moléculas de oxígeno comenzaron a re-impregnar las células casi muertas de todo el cuerpo. El alma, esparcida ya en partículas diminutas, agotada y desvanecida, intentó reagruparse y reincorporarse con desesperada ilusión.
Tuvieron que pasar múltiples cirugías, dolorosas intervenciones, agotadoras sesiones de rehabilitación y devastadoras terapias emocionales para que el alma y el cuerpo pudieran volverse a conectar. Tuvo que pasar mucho tiempo; un lento y despiadado tiempo, para que cada corpúsculo del espíritu fuera retomando su lugar y amalgamándose en una nueva estructura funcional. Fue más fácil reparar el cuerpo roto que el alma desmembrada. Las medicinas ayudaron a atenuar el dolor, la nutrición especializada colaboró en el cierre las heridas y las incansables labores de la fisiología humana contribuyeron a restaurar los órganos afectados, pero para el espíritu hizo falta mucho más. Había dentro de esa mujer una fuerza descomunal que trabajaba silenciosamente para resarcir los daños.
¿Cómo se repara la pérdida súbita e incomprensible de dos hijos?
¿Cómo resurge la paz y el empuje para seguir adelante?
¿Cómo hace el alma para volver a infiltrarse en un cuerpo destrozado? ¿Cómo se mitiga la desgracia y se enciende una nueva luz en la obscuridad?
Cuando le hice estas preguntas a Rebeca sus ojos se humedecieron discretamente, pero en su hermoso rostro se dibujó una orgullosa sonrisa. Sólo hay algo más poderoso que el deseo de vivir, me contestó mientras acercaba los labios de su bebé recién nacido al seno materno y lo observaba, desbordada de amor.
¿Qué puede tener tanta fuerza?, le pregunté.
El deseo de ser madre, contestó.