Que llegues con bien
Contagiado por la tradición del primero de noviembre y rodeado de personajes enmascarados que festejan a la muerte, camino por las calles de Malinalco. Es el día de los Nuevos Difuntos.
Yo lo desconocía, pero hoy en todo el pueblo abren las casas de los que murieron durante el año e invitan a familiares, amigos y cualquier persona interesada, a visitar lo que durante semanas la familia ha preparado para sus difuntos. El esmero y la dedicación con que decoran los altares es parte de la ceremonia que ofrecen para aquellos que se han adelantado al más allá y sirve para ayudarlos a emprender su viaje al Mictlán.
Como no venía preparado, por disfraz porto únicamente cinco largas ceras blancas que compré en el puesto de la esquina y una capa invisible de curiosidad.
Hasta el momento he recorrido dos casas y el ritual me ha parecido mágico. Visité los altares de Juan Francisco y Esteban; dos hombres trabajadores que fueron queridos por sus hijos y nietos, muy respetados en el pueblo y que ahora descansan en paz a causa de la vejez o la enfermedad. A cambio de la vela que yo le obsequié a sus parientes, recibí pan de muerto, mezcal afrutado, un vasito de champurrado y bolsitas con dulces y chocolates. Las familias enlutadas parecían tranquilas y alegres de celebrar la muerte porque saben que hoy, el alma de sus difuntos regresa para convivir con ellos y se regocija con sus artículos, alimentos y bebidas favoritas.
Ahora, justo después de que el sol se ha perdido tras el horizonte y poco antes de que haya caído la negra noche, me adentro en un callejón angosto, al fondo del cual se aprecia, en medio de la penumbra, la tenue luz de una reja entreabierta. De no ser por los demás moradores que se enfilan en esa dirección seguramente no hubiera desviado mi camino hacia allá. Varios metros antes de llegar, como si el sol hubiera dejado uno de sus rayos para iluminar el destino, aparece en el centro de la calle empedrada, una delgada línea de pétalos vibrantes. Al igual que a las almas difuntas, su aroma y su brillante color nos dirigen en la dirección correcta.
De pronto, al cruzar la verja, siento el calor de las ceras encendidas y me deslumbra su intenso resplandor. El sendero de Cempasúchil que nos trajo hasta aquí se mezcla con una inmensa alfombra de pétalos de Crisantemo y Aliento de Bebé, que cubre todo el patio de una perfumada blancura. Pequeñas veladoras y macetas con Crestas de Gallo forman una estrecha vereda que lleva hacia el altar y sobre ella, como caminando hacia allá, unos zapatos tenis color lila de talla cinco o seis a lo más, descansan ligeros sobre las flores; uno de ellos todavía trae amarrado el lazo de las agujetas; el otro no.
Me corre un tremor repentino a lo largo de la espalda. Algo está fuera de lugar pero aún no reparo qué es.
En el centro del patio, a un lado de la vereda y frente al altar, recostados sobre la alfombra de flores, pero asentados con mayor pesadez, dos largos troncos forman un enorme crucifijo que sostiene, incrustadas en la madera, decenas de ceras de diferentes tamaños. Sus flamas oscilan en las puntas como si la luz y el calor bailaran un vals al son de un violín en una fiesta de gala. El altar está forrado con papel de China en tonos de rosa y morado que hacen juego con el color de los tenis.
Las sienes se me cubren de un frío sudor. La magia del ritual se me empieza a desmoronar.
Voy alzando la mirada desde el suelo hacia arriba y cuento nueve niveles en el altar, que según lo que leí, son los mismos que hay que descender hacia el inframundo del Mictlán. Cada nivel está surtido con canastas de fruta, panes de muerto, calaveras azucaradas, golosinas y más flores; muchas flores. Los muñecos de peluche y las Barbies intercaladas en la ofrenda por fin confirman mi temor. Este altar no es igual a los otros dispuestos en el pueblo para esta noche. Aquí no hay cigarros, tacos de billar o botellas de tequila. No hay barajas, cervezas ni guitarras de juerga… No hay un solo indicio de una vida plena o satisfecha; no hay vicios o virtudes que mostrar. Es claro que la difunta no pasó mucho tiempo en el mundo terrenal pero no hay evidencia que justifique por qué la parca se la llevó tan pronto.
Finalmente, mi vista llega al nivel más alto y la veo, encerrada tras un cristal y un marco de madera, arropada en un ligero vestido blanco que se ondea con el viento, levantando sus brazos hacia el sol y sonriéndole a la vida que hoy ya perdió. Tras su fotografía hay un par de enormes alas de papel plateado confeccionadas para simular el vuelo de un ángel. En un marco adjunto, más grande y protector, la imagen de la Virgen María. Y por encima de todo, en una celosía con imponentes letras doradas se lee: Madison.
Conocer su nombre, aún sin haberla conocido a ella, me trae lágrimas a los ojos.
Tomo asiento en una de las sillas colocadas ahí para que las visitas admiren el altar. A mi lado, escucho a dos señoras conversando en voz baja: Murió de dengue, dice una. ¿Pero cómo es posible?, pregunta la otra. ¿No la llevaron al médico? Sí, contesta la primera, pero no tenían medicamentos. Después de una breve pausa una de ellas agrega: Espero que Mictlantecuhtli le abra las puertas en la Mansión de los Muertos. Ambas se persignan el pecho, besan la cruz formada por sus índices y pulgares y vuelven a guardar silencio.
Me cuesta trabajo entender que en pleno siglo XXI alguien pueda morir por el piquete de un mosco y que los servicios de salud rural sean tan precarios en este país. Pareciera que no solo el ritual de los difuntos es prehispánico, sino también las condiciones sociales de este pueblo.
También me cuesta trabajo pensar que el alma de una niña tenga que atravesar ríos caudalosos, montañas nevadas y densas neblinas; que tenga que esquivar flechas envenenadas y librar jaguares hambrientos; que por compañía lleve solamente a un fiel xoloitzcuintle defensor; todo esto solo para lograr entrar al sitio del eterno descanso.
Tampoco creo que las almas, ni siquiera las de los niños, suban al cielo, se conviertan en ángeles y surquen los aires para vigilar a sus seres queridos por toda una eternidad.
Lo que sí sé, porque lo siento, es que el espíritu de Madison está aquí, en este patio, entrelazado con los vivos; los queridos y los desconocidos. Lo sé porque su madre no llora cuando enciende una y otra cera en su honor y porque, a solo dos meses de su partida, su familia ha sido capaz de levantar el ánimo y montar un homenaje espectacular para recibirla hoy. Lo sé porque su presencia nos une a todos en una extraña mezcla de paz, añoranza, melancolía y esperanza.
Unos dirán que fue el Cempasúchil que la guio hasta aquí. Otros que el Señor la dejó bajar del Cielo por un momento. ¿Yo?… Yo no sé qué pensar.
Me levanto de la silla sin saber que hacer, aún me quedan dos ceras y debo continuar mi recorrido; hay más difuntos que visitar. Pero este altar me ha destrozado el corazón. La noche ahora es más obscura, mi capa ha perdido su poder y el Cempasúchil no tiene ya su mismo esplendor.
Antes de salir nuevamente al callejón, dirijo por última vez la mirada hacia el altar y me esfuerzo para susurrar al viento:
A donde quiera que vayas, Madison… al Cielo o al Mictlán, espero que llegues con bien.