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El regreso de Fermín

Denzil GarteizRevista En Sentido Figurado No. 19, Ene/Feb 2026

Fermín llegó agotado a la esquina de Avenida Libertad y Calle Bugambilias. Eran las ocho de la noche y la luna se asomaba velada tras las nubes. El trayecto se le había hecho muy largo, pero al fin tenía enfrente el luminoso letrero que parpadeaba “Cantina El Verdugo. San Andrés, Estado de México”. El lugar era tal y como él lo recordaba, pero hoy, por ser Día de Muertos, tenía el arco de piedra sobre la entrada decorado con recortes de papel de China morado en forma de calaveritas. En los escalones había cuatro macetas de barro con flores de cempasúchil que destellaban su color naranja bajo el reflejo del neón. La puerta estaba abierta.

La barra de madera frente al bar despedía un delicioso aroma de aguardiente, gotas de limón y restos de sal. A Fermín se le hizo agua la boca. Las enormes repisas con espejo pegadas a la pared daban la impresión de contener cientos de botellas de todos los tamaños, colores y alipuses. Al ver al cantinero, se quitó su gorro de fieltro y le gritó:

⎯Lo mismo de siempre, Don José. Y que sea doble porque traigo harta sed.

Pero el cantinero no lo escuchó.

El local estaba lleno; todos eran vecinos del pueblo que parecían festejar algo. La luz tenue de las farolas en la pared se mezclaba con el humo del tabaco formando una ondulante neblina. El bullicio de las conversaciones no permitía identificar la canción que sonaba desde la rocola, pero a Fermín le pareció que tenía la tonada de La Llorona, de Chavelita Vargas, que era una de sus favoritas. A lo lejos, alcanzó a escuchar que alguien brindaba por él y vio a dos de sus compadres con botella en mano, chocando los caballitos en el aire y vaciándolos de un trago en la garganta. Sonrió y se dirigió hacia ellos.

Le costó trabajo moverse entre la muchedumbre porque a cada paso que daba le parecía escuchar su nombre, pero no podía distinguir si imaginaba las voces o las confundía entre el barullo. Un poco antes de llegar a los bancos en que estaban sentados sus amigos algo lo hizo girar hacia el fondo de la cantina donde le sorprendió ver una gran ofrenda que normalmente no estaba ahí. El piso estaba cubierto con pétalos de cempasúchil y dos hileras de velas blancas iluminaban el sendero del altar. Como en trance, atraído por la belleza de la decoración, Fermín se dirigió hacia el camino encendido.

Los distintos niveles del altar estaban decorados con papel picado, manteles de crepé y guirnaldas de varios colores; parecían formar una escalera hacia la cima de una pequeña pirámide. En la parte baja había tamales, tlacoyitos de frijol y un molcajete de piedra con su salsa borracha preferida. También, junto a un paquete arrugado de Delicados, había varias botellas de cerveza, tequila y mezcal.

Fermín se empezó a sentir en casa. Se le había quitado el cansancio, el hambre y la sed. Sentía paz en lugar de la angustia que había percibido durante el trayecto hasta aquí pensando que llegaría tarde o que no encontraría el camino. De pronto, reconoció en la parte media del altar algunas de sus cosas personales. Su viejo reloj, la cartera de cuero raída y el machete que su padre le había regalado a los diez años. Sintió curiosidad. ¿Qué hacen mis cosas aquí?

Siguió alzando la vista para observar el marco dorado con la imagen del difunto. Era un hombre mucho más joven que él, con la piel morena y rozagante, sin arrugas. Portaba un elegante sombrero de rancho sobre su cabellera negra, una camisa de cuadros azules y un chaleco de piel que le parecieron conocidos. Las patillas anchas, el bigote tupido y la mirada vivaz le recordaban a alguien, pero no identificaba a quién. Fermín se volvió a quitar su gorro con recelo, lo estrujó con sus manos pegadas al pecho y se acercó a la fotografía para enfocar lo que sus cataratas no le dejaban ver bien.

⎯¿Quién es?⎯ preguntó en voz alta.

Fue entonces cuando sintió una mano en el hombro y alguien le susurró:

⎯Eres tú mi querido Fermín, hace como treinta años. ¿No lo recuerdas?

Fermín volteó lentamente, azorado y confuso. A su lado estaba Lupe, con un velo de encaje negro sobre la cabeza y los ojos inundados en lágrimas, pero con su hermosa sonrisa de siempre.

⎯Hemos venido a despedirte, mi amor, y a desearte un feliz regreso al Mictlán.

***

Gracias por leer