Memorias de vinilo
Mi viaje a San Francisco había sido un desastre. Los negocios no se habían dado como lo había planeado, traía los ánimos por el suelo y un ruido dentro del alma que no me dejaba respirar. Decidí regresar caminando al hotel para no gastar en un taxi y para poner en orden mis planes y pensamientos.
Después de caminar sin rumbo un rato, de pronto me vi inmerso en medio del Barrio Chino y me empecé a distraer. Iba maravillado al cruzar por sus mercados; una multitud de personas en movimiento, intercambiando, comerciando y propagando un bullicio similar al de un panal de abejas. Todos me ofrecían, en un inglés incomprensible, cualquier cantidad de alimentos extraños, provenientes del mar o de las plantas, o sabe Dios de dónde, dispuestos sobre mantas en el suelo o en cubetas con hielo turbio y escarchado, de vista muy poco salubre. Vendían además una enorme variedad de productos plásticos, electrónicos y domésticos de utilidad dudosa y calidad poco confiable. Sentí como si en realidad estuviera en algún lugar recóndito de las provincias de Cantón y me inundó una mágica sensación que parecía llevarme a otro mundo y a otra época.
Entre tienda y tienda y pasando de puesto en puesto, me fui adentrando cada vez más en el barrio hasta que perdí la noción de dónde estaba. Algo dentro de mí me advirtió que no debía entrar en aquel callejón empedrado; normalmente no me hubiera atrevido a salir de la seguridad de las calles principales y las zonas turísticas. Pero el extraño silencio del callejón me atrajo a entrar en él y mis pasos dieron un giro inesperado hacia su interior, seducidos por un magnetismo inevitable.
El espacio era angosto; si alguien hubiera venido en sentido contrario hubiéramos tenido que voltear de lado para no tropezar de frente, pero por suerte estaba vacío. La poca luz de sol que se colaba por lo alto, entre las paredes de ladrillo desgastadas, era casi completamente bloqueada por los banderines de colores que colgaban de lado a lado por arriba de mi cabeza. Los símbolos orientales inscritos en ellos, imposibles de descifrar, se ondeaban con pereza al paso de la escasa brisa que circulaba por ahí. Cada dos o tres metros se elevaban columnas de vapor que emergían de las ventanas y alcantarillas abiertas hacia el callejón, provocando en el aire un sahumerio de vinagre, soya, jengibre y algas marinas. No sabría decir si me pareció deleitable o repugnante el olor del lugar, pero seguí avanzando.
Cuando la obscuridad me comenzó a preocupar y estuve a punto de dar marcha atrás de pronto vi sobre una vieja puerta de madera un letrero de tenue luz neón que parpadeaba “Record Store”, y tras ella, se filtraba el sordo ritmo de una rola de rock en inglés que me pareció conocida.
Entré sin dudarlo.
El encargado, un hombre obeso, calvo y de barba larga amarillenta, levantó la mirada de su computadora sin mayor interés y me invitó a pasar. Vestía una camiseta negra extra grande con el dibujo de una guitarra eléctrica estampada al frente. Sus enormes brazos peludos estaban tapizados de tatuajes de aspecto nórdico con tridentes espigados, árboles enraizados y triángulos entrelazados. Lo único amigable de su apariencia eran sus ojos claros y su mirada afable. Además de él, la música de fondo y yo, no había otra alma en el lugar.
El local, de no más de cuatro metros de largo y tres de ancho, se encontraba saturado de estantes con cajas de discos de vinilo. Las paredes estaban cubiertas con carteles de grupos de rock de los setentas y ochentas: Jimmy Hendrix, Prince, AC/DC… todas imágenes conocidas y apreciadas por mí, que me invitaron a quedarme y curiosear.
Los discos estaban acomodados por orden alfabético. Caminé por el estrecho pasillo hasta encontrar la “A” y coloqué mis manos sobre el montón de discos. Con las yemas empecé a recorrer: ABBA, América, Asia…, Boston, Blondie…, Chicago… Mis dedos barajaban las carátulas hacia adelante y hacia atrás de forma casi automática con movimientos diestros desenterrados de mi memoria motriz y en cada una, mi mente se detenía unos segundos recordando cada canción, de cada álbum, de cada lado “A” y de cada lado “B”.
Al llegar a la “S”, mi índice y pulgar de la mano derecha se detuvieron casi por instinto y extrajeron una carátula con los rostros de dos hombres en la portada; la boina de Paul y los rizos dorados de Art eran inconfundibles. Con mucho cuidado saqué el disco de su envoltura plástica. El olor a vinilo impregnó mi nariz y desplazó los aromas de marihuana y humedad que había en el local. Tomé el disco por las orillas entre mis palmas, le soplé suavemente para retirar las pequeñas partículas de polvo que tenía en su superficie y cerré los ojos.
Cuando los volví a abrir, mis manos lucían cuarenta años más jóvenes.
Estaba en la sala del departamento donde viví en mi adolescencia, frente a mi tornamesa Marantz. Encendía el amplificador Pioneer, insertaba el acetato en su lugar y ajustaba las 33 revoluciones. Con extrema precaución tomaba el brazo de la aguja con mi dedo pulgar y la dejaba reposar sobre el borde externo del disco giratorio. Se escucharon las dos primeras vueltas de siseo antes de que la punta de diamante entrara al surco musical y empezara a sonar…
Hello darkness, my old friend, I’ve come to talk with you again…
Era 1980, yo estaba en la secundaria, esa inquietante época cuando todo parecía incierto, pero a la vez fantástico. Cuando comenzábamos a conversar hacia adentro y a dar luz a nuestro obscuro porvenir.
…In restless dreams I walked alone, narrow streets of cobblestone…
Cuando los sueños nos agitaban el dormir, pero también nos enseñaban el camino. Cuando entrábamos en esa estrecha senda que sólo nosotros podíamos andar; sin temor y sin mirar atrás.
…People talking without speaking, people hearing without listening…
Cuando siempre teníamos algo que decir, sin que fuera siempre necesario decirlo; mucho que oír, sin siempre querer escucharlo.
…No one dared, disturb the sounds of silence…
Y cuando ahí, en esos pequeños momentos de sosiego, se gestaba nuestro futuro. Cuando sabíamos que teníamos la vida por delante y no osábamos romper el silencio.
En mi mente seguí escuchando la canción con la legendaria lírica de Simon & Garfunkel y me quedé pasmado un momento, perdido en el tiempo, hasta que de pronto, sentí una mano pesada sobre mi hombro. El vikingo de la disquera estaba parado junto a mi preguntando si iba a comparar el disco o sólo lo estaba contemplando.
Pagué con el poco dinero que traía en la cartera, sin importar su costo. Salí de la tienda con un aire de renovación en el espíritu. Ese disco de vinilo me había hecho recordar la paz que da el silencio y la armonía que se esconde en la música de las memorias. Ahora sólo deseaba regresar a casa, desempolvar mi viejo estéreo y sentarme a escuchar las melodías que, con aquella fidelidad de antaño, me permitirían soñar con la siguiente ruta, encarar la incertidumbre y buscar en el silencio del alma los pasos hacia el mañana.