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La visita del abuelo

Denzil GarteizCuentos de la Sensibilidad Humana Antología de cuentistas hispanoamericanos / Factor Literario, 2026

Distraída en su nostalgia, Rocío recogía los platos sucios del comedor y los llevaba a la cocina. Su cabello desarreglado y las ojeras cansadas parecían hacer juego con el sucio delantal que colgaba de su cuello sin amarrar a la cadera. Caminaba casi por reflejo, hasta que de pronto escuchó a Daniel bajar las escaleras y dirigirse a la puerta principal.

⎯¿A dónde vas, m´hijo?⎯ preguntó con esfuerzo en la voz; preocupada porque el niño no había pronunciado palabra alguna durante el almuerzo y se había retirado de la mesa sin terminar sus alimentos ⎯ ¿Estás bien?

⎯Sí, má. Solo voy aquí enfrente, regreso en un rato⎯ contestó él, cubriéndose la cabeza con la capucha de la sudadera para evadir la mirada de su madre.

Rocío abrió la llave de agua y comenzó a tallar los trastes, pero no dejó de seguir con la mirada a Daniel a través de la ventana que estaba sobre el fregadero. Su hijo caminaba lentamente, arrastrando los pies y con la cabeza gacha; sin el entusiasmo habitual que mostraba cada vez que iba al parque que se encontraba al otro lado de la calle. Esta vez, no llevaba ni balón ni patineta y, cosa rara en él, escondía las manos en las bolsas del pantalón como queriéndose proteger del frío. Mientras secaba el sartén con el trapo húmedo de la cocina, Rocío no pudo contener el sollozo que le brotó del vacío que sentía en la boca del estómago.

“Espero que pronto nos repongamos de éste terrible golpe”, pensó.

Daniel se paseó unos minutos entre la resbaladilla, el arenero y el subibaja, para finalmente, sentarse en el viejo columpio. Se colocó de espaldas a su casa para que su madre no viera las lágrimas que escurrían por sus mejillas y comenzó a balancearse lentamente. Después de un rato, con el aire fresco acariciando su cara y la vista perdida en los árboles que rodeaban el lugar, le vinieron a la mente mil recuerdos de su infancia y se transportó al pasado.

De pronto, sintió una presencia y, apenado, se restregó el rostro con la manga de la sudadera y se tragó las lágrimas. Al voltear de reojo vio a un señor sentado en el columpio de al lado. Estaba tomado firmemente de las cadenas con sus manos enguantadas y se empujaba con los pies para balancearse al mismo ritmo que él. Al verlo bien y darse cuenta de quien era, Daniel suspiró, y tratando de fingir serenidad, le preguntó:

⎯¿Qué haces aquí, abuelo?

El anciano se quitó la boina de la cabeza y sonrió.

⎯Me encanta este parque. Recuerdo que aquí te traía cuando eras chico a jugar, pero hace tiempo que ya no vienes. Te vi salir solo y sospeché que necesitabas compañía. ¿Cómo estás?

Daniel se sorprendió por la incómoda pregunta y le retiró la mirada.

⎯¿Pues cómo quieres que esté? ⎯ le recriminó, con voz entrecortada y la vista fija sobre la tierra que levantaban sus zapatos al impulsarse para tomar velocidad.

El abuelo lo miró y mientras aflojaba la bufanda de su cuello, le contestó:

⎯Las pérdidas siempre vienen seguidas de alguna ganancia. Ten paciencia y verás que tu tristeza pasará y algo bueno saldrá de todo esto.

⎯¡No entiendo qué puedo sacar de bueno en esto! ⎯ le dijo Daniel, rechinando los dientes y conteniéndose para no levantar mucho la voz y faltarle al respeto.

El abuelo no se inmutó ante el reclamo, se mantuvo callado un momento y con toda ternura continuó:

⎯¿Recuerdas cuándo perdiste tu carrito favorito y, después de llorar por varios días, te compré un balón? Gracias a eso empezaste a jugar futbol y ahora estás en la selección de la escuela y te encanta jugar. Si no hubieras perdido tu carrito quizá nunca te hubiera interesado ese deporte.

Daniel volteó bruscamente y miró de frente al abuelo con el ceño fruncido.

⎯¡Ya no soy un niño, abuelo!

El viejo sabía que ya no hablaba con el pequeño nieto al que tantas veces había traído al parque a mecer en estos mismos columpios y recapacitó.

⎯Tienes razón⎯ agregó en un tono más serio⎯, pero lo mismo aplica en todos los aspectos de la vida. Te pondré un ejemplo más real. Tú sabes que yo estuve casado con otra mujer antes de conocer a tu abuela, ¿no?

⎯Eh…sí… ⎯contestó Daniel, sin entender a qué venía el cambio de tema.

⎯Yo perdí a mi primera esposa en un accidente automovilístico. La quería muchísimo y fue muy difícil reponerme de ello. Pero, si no la hubiera perdido, no hubiera conocido a tu abuela, tu madre no hubiera nacido y tú y yo no estaríamos platicando ahora. Perdí a un ser querido, pero gané a otros tres. La vida es así, hijo. Tiene momentos malos y momentos buenos. El chiste es que, pase lo que pase, sigas adelante.

Daniel escuchaba atentamente las palabras del abuelo y aunque ahora la explicación le hacía más sentido, sus ojos aún se humedecían de tristeza e incertidumbre.

⎯Alguna vez leí⎯ siguió diciendo el abuelo con afecto⎯ , una frase que me ha servido mucho en la vida. Dice así: “Al final, todo va a estar bien. Si ahora las cosas no están bien, entonces quiere decir que aún no es el final”.

Daniel levantó la mirada hacia el bosque y en su rostro se logró esbozar una pequeña sonrisa.

⎯Lo que quiero decir con esto, mi querido nieto, es que, aunque tu pérdida ahora parezca grande, algo aprenderás de ella y serás una mejor persona. Tienes toda tu vida por delante.

Los dos permanecieron en silencio unos minutos meciéndose libremente en los columpios y entonces, Daniel volteó a ver a su abuelo de nuevo, ya sin lágrimas en los ojos, y con voz tranquila le dijo:

⎯Tú siempre tienes algo que enseñar, abuelo. Te voy a extrañar mucho.

Daniel se dejó de columpiar, puso los pies en la tierra y se dirigió de vuelta a su casa con el paso firme y la vista en alto.

Escondida detrás de las cortinas de la cocina, Rocío, que todo este tiempo había estado preguntándose con quien hablaría su hijo en el parque vacío, regresó pronto a lavar los trastes para aparentar que no había estado fisgoneando. Al verlo entrar, notó un aplomo distinto en el porte de su pequeño de doce años. Desde la muerte de su abuelo, una semana antes, había parecido encerrarse en un capullo de tristeza y soledad. Ahora, de pronto parecía un adolescente maduro y seguro de sí mismo; como si haberse columpiado en su parque de antaño lo hubiera transformado súbitamente en alguien diferente.

⎯¿Cómo te fue, hijo? ⎯ le preguntó con discreción.

⎯Bien, mamá. Gracias⎯ contestó él con soltura jovial⎯. Me di cuenta que, aún no es el final…

Sin decir más, siguió de frente hacia la escalera y subió a su recámara brincando los escalones de dos en dos.

Rocío, sorprendida por las palabras de su hijo, reconoció de inmediato de quien provenían; las había escuchado mil veces en su propia infancia. Con lágrimas en los ojos, volteó a ver los columpios en el parque y se dio cuenta que uno de ellos aún se balanceaba solo en el aire. Entrelazó sus manos sobre el pecho y sin desviar la mirada del columpio, dijo en voz baja:

⎯Gracias, papá.

***

Gracias por leer