Sentir la luz
¡Qué celosos son los ojos que acaparan toda la belleza de la luz!
Imagino lo maravilloso que sería, al menos por una jornada, poder escuchar, degustar y olfatear los colores de su espectro luminoso.
Despertar al alba con los primeros sonidos del sol.
Escuchar sus rayos entrar a través de las persianas y romper el silencio de la noche con los murmullos del amanecer.
Dejar que los primeros destellos de luz matutina, con su tono amarillo y brillante, me silben al oído y me avisen que es hora de moverse.
Salir de la cama, amodorrado por la penumbra del magenta,
y abrir la ventana para dejar entrar la brisa con los aromas del turquesa o el cian.
Caminar por un parque y apreciar el cuchicheo del verde en el follaje de los árboles; el eco del negro bajo un obscuro puente; o el provocador susurro del rojo en un jardín de rosas.
Llenar los pulmones con la fragancia del lavanda.
Sentarme en un banco a leer mi novela favorita y, de pronto, percibir el perezoso ronroneo del gris en las nubes que tapan al sol y anuncian el aguacero que pronto caerá.
Resguardarme bajo una sombrilla y esperar que se mezcle el sol con la lluvia para escuchar el canto de mil voces al final del arcoíris; ahí donde se unen todos los colores.
Inhalar la esencia del café en la tierra mojada.
Entrar en un pequeño restaurante, pedir una mesa de terraza y maridar la dulzura del púrpura con el amargo del oliva.
Esperar al naranja del atardecer y oír el tenue zumbido del sol que se sumerge en el océano; allá en algún lugar del horizonte.
Regresar a casa caminando en el silencio de la noche para captar el sutil aullido de la blanca luna.
Y, por último, volver a recostar la cabeza en la almohada y soñar con el bullicio azulado de las olas del mar.