Envejecer
El sol de ese día azotaba al cuero cabelludo sin piedad. Los cabellos se esforzaban en vano
por cubrir de sombra la piel. Hacía solo unas horas que los habían sometido al rutinario embate contra la Phillips 5000 y los habían dejado podados como green de golf.
Fue entonces cuando la cana notó que el cabello castaño de junto se inclinaba sin poder enderezarse.
––¿Qué tienes? –– le dijo––. Te noto triste.
––Llevo varios días sin dormir–– contestó el joven cabello, tratando de erguirse para no lucir tan débil.
––¿Y eso por qué? –– indagó la cana.
––No lo tomes a mal–– dijo el castaño––. Pero me inquieta que cada vez haya más canas como tú y nosotros los castaños estemos desapareciendo.
––Eso es porque nos acaban de cortar y con el sol resaltamos más las canas, pero deja que volvamos a crecer un poco y verás que no es así. No somos tantas–– contestó la cana.
El castaño volteó a su alrededor señalando a los demás y agregó:
––¡No es cierto! Mira… Solo aquí en este pequeño espacio, soy el único con color, todos los demás ya son grises o blancos.
––Pues imagina lo que sentí yo cuando encanecí. Parecía un Cazahuate rodeado de Sauces–– bromeó la cana.
––Tan solitario como un oso negro en el polo norte–– dijo el castaño, cabizbajo.
––Ah, mi querido amigo, pero no estás solo. Somos todos parte de una gran familia.
––Pero ¿por qué se han vuelto grises y opacos? Ya no son sedosos y brillantes como antes. Perdona que te lo diga, no te quiero ofender, pero se ven secos y quebradizos.
––El tiempo es así–– contestó la cana––. Nadie escapa de envejecer.
––Pero no quiero. Me da miedo. ¿Qué pasa después de ser cana? ¿Te caes y ya? ¿Hay algo más? ¿O simplemente se acaba todo?
La cana tomó un momento para pensar y continuó:
––Las respuestas a tus preguntas nadie las conoce. También lo he pensado mucho, pero ya no me angustia.
––¿Pero no te asusta que algún día te caigas y no vuelvas a salir?
––Todos vamos en ese camino. Algunos cabellos caen incluso antes de llegar a ser canas. Sé, por ejemplo, que hay un lugar que llaman las entradas donde hemos perdido a varios compañeros. En otros casos es peor. Hay una cosa llamada la mancha alopécica: un remolino expansivo en centro de la cabeza que se va extendiendo hasta terminar con todo. Y bueno… ¿Qué me dices de las cabezas calvas? Taladas como bosques deforestados.
––¡Lo ves! Es cierto entonces. ¿No te da miedo eso?
––No pienso en lo que vendrá después. Mejor cierro los ojos y suspiro profundo.
La cana le mostró cómo lo hacía y por un instante volvió a sentir la dulzura de la juventud. Se le iluminó el rostro. Pero el castaño no lo imitó.
––¿De qué sirve recordar el pasado sabiendo que el tiempo se nos acaba? –– insistió.
––Pues que me trae recuerdos alegres que me hacen sonreír.
––No sé… A mí no me funciona eso –– dijo el castaño, volviendo a encorvarse.
De pronto sopló una suave brisa que refrescó el espacio entre los cabellos. Los limpió de la queratina seca y despejó la humedad acumulada por el sudor.
––A ver… ––dijo la cana con paciencia––. ¿A poco no te acuerdas de cuando casi recién habíamos nacido? Éramos más güeritos que castaños. Tan lacios y delgados que el más mínimo viento nos despeinaba.
––Claro que lo recuerdo–– dijo el castaño––. Nunca olvidaré la colonia esa de olor a violetas que nos untaban para peinarnos.
––¿Y recuerdas cómo se llamaba ese peinado?
––El “quiqui”, le decían. Nos bañaban en colonia y nos paraban a todos en punta, como una hilera de pinos al borde de la carretera.
El cabello castaño finalmente esbozó una pequeña sonrisa.
–––Ya ves, es bueno recordar el pasado–– dijo la cana.
––Tienes razón–– contestó el joven cabello––. ¿Recuerdas cuando se puso de moda el corte de príncipe valiente? Ya para entonces formábamos una mata de cabello lisa y tupida como una mimbrera. Nos dejaban caer hasta cubrir las orejas. Pero al nivel de las cejas, nos recortaban en línea recta para no bloquear la carita del niño. Es lo más ridículo que recuerdo haber vivido.
––Estoy de acuerdo, pero creo que nunca nos tomaron tantas fotografías–– agregó la cana––. Yo me sentía como artista de cine.
Ambos rieron.
––¡Y después llegó la juventud! ––continuó el castaño––. ¿Qué tal la greña rebelde que nos armamos? Ahora sí, trigueña y brillante, capaz de peinar el mejor de los copetes y las más estilizadas colas de pato. Eso sí, con una buena cantidad de gel para mantenernos fijos, porque esto de ser lacio, ah que lata nos ha dado siempre.
La cana soltó una carcajada y agregó:
––Al salir por las mañanas íbamos todos relamidos y tiesos. Partidos por una raya a un lado de la cabellera y acomodados a la perfección. Pero ¿qué tal cuando al pasar las horas se quitaba el efecto fijador? Rompíamos filas y empezábamos a desfigurar todo.
Los dos cabellos rieron a mandíbula batiente. Pero entonces, el castaño se puso serio de nuevo y dijo:
––Nunca olvidaré la vez que casi morimos congelados. ¿Recuerdas? Nos pusieron ese Mousse francés que nos daba el aspecto de estar mojados todo el tiempo. ¡En pleno invierno! La porquería esa se congeló en cuanto salimos a la calle y nos cristalizamos. Un golpe en la cabellera y nos hubiéramos quebrado en mil pedazos.
––Sí… ––reconoció la cana––. Esa vez estuvimos cerca de caer para siempre.
Después de una pequeña pausa, el cabello joven retomó la conversación:
––¿Por qué crees que nos habrán cortado al ras?
––Se deben haber cansado de tener una enorme maraña en el pelo todo tiempo.
––Al principio quise volver a ser largo–– comentó el castaño––. Pero ahora agradezco cada mañana que no necesiten peinarnos. El agua resbala, nos secamos rápido y el viento ya no encuentra cómo enredarnos. Lo único que no me gusta es que, tan cortitos, resaltan más ustedes las canas.
El cabello blanco se estiró y agregó con un guiño:
––Dicen que las cabelleras blancas se ven más interesantes y atractivas. Más sexis.
El cabello castaño no pudo más que asentir y volver a reír. Se relajó y suspiró profundamente. De pronto, sintió el cosquilleo en su papila pilosa. Aquel que indicaba el crecimiento diario de medio milímetro. Al voltear hacia abajo se sobresaltó.
––¡Mira! ¡Me estoy empezando a poner gris!
La cana se inclinó y lo observó con orgullo.
––Bienvenido, mi querido amigo, a la era de plata.