Las sombras del pintor
El sol se empezaba a asomar sobre la ribera del Sena y Pierre podía ver como su sombra se insinuaba en el adoquín del camino y lo guiaba sin tropiezos hasta su lugar acostumbrado.
Como todos los días, hizo una pequeña pausa para entrar en la Basílica del Sacré Cœur. No era un hombre religioso, pero le gustaba contemplar el juego de brillos y sombras que proyectaban las vitrinas de su cúpula central y se sentó en una de las bancas de madera mirando hacia arriba con la vista perdida. Después de unos minutos de haber satisfecho su asombro, se levantó y fue a depositar una moneda en la urna de limosnas para poder encender una de las veladoras dispuestas en la capilla lateral. No lo hacía por ayudar a la iglesia ni para expiar sus culpas sino para observar el baile de luces provocado por las decenas de diminutas flamas que ahí centellaban. Todo esto era parte indispensable de su ritual matutino. Estaba convencido de que ese recorrido por el templo centenario, con sus luces y sus sombras envolviéndolo todo, era de donde provenía su suerte y su inspiración para pintar.
Al salir de la iglesia no se persignó ni se detuvo a decir una plegaria. No hizo fila en el confesionario como los demás feligreses que visitaban el lugar. Ya había obtenido la iluminación que buscaba y tenía prisa. Debía llegar temprano a la Place du Tertre y aún tenía que caminar unos minutos cargando su banco plegable y su caja de materiales. En su camino diario hacia allá le gustaba pensar que por esa misma senda, hacía ya algunos años, habían transitado las sombras de Toulouse-Lautrec, van Gogh, Picasso y muchos más. Imaginaba que las veía sobre el empedrado junto a la suya y que le susurraban consejos al oído.
Al llegar a la plaza escogió la ubicación de siempre, bajo el único árbol que le daría sombra durante el día. El verano en Paris era implacable y si alguien le ganaba su lugar sufriría las inclemencias del sol todo el día. Muchos de los otros pintores, que llegaban más tarde a instalarse, traían sus propias sombrillas, pero él ya no podía cargar tantas cosas; sus tobillos hinchados y sus suelas desgastadas no se lo permitían. Colocó su caja de carboncillos y sus pliegos de papel en el suelo y se sentó a esperar; los turistas empezarían a llegar pronto.
La Place de Tertre siempre había sido de los artistas, era famosa por ello, y Pierre se consideraba un auténtico bohemio. Según él, por sus venas corría sangre heredada de aquellos grandes maestros. Por eso detestaba a los pintores actuales, más chic, más nice y más comerciales. Ahora todos venían equipados con sombrillas amplias de colores vivos, atriles sofisticados y estuches de pinturas sintéticas. Colgaban bocetos preformadas en estantes vistosos con dibujos de Brad Pitt o Angelina Jolie para atraer a sus clientes. Estos pintores jóvenes vestían camisas blancas arremangadas, chalecos negros, pantalones coloridos y boinas francesas para aparentar ser locales y autóctonos. Pierre en cambio usaba su mismo atuendo sucio y desgastado desde hacía años. No lo hacía solo por tradición sino porque su posición económica no le permitía otra opción. No era como sus ostentosos vecinos que venían en Uber o en motoneta y presumían anillos y relojes caros. Él, con suerte ganaría suficiente en el día para comer algo y para pagar su tarjeta del transporte público y regresar a casa en la noche.
La plaza también había cambiado con el tiempo. El comercio había invadido toda la zona. Las casas antiguas que bordeaban el parque conservaban sus mismos techos de teja rojiza a dos aguas. Las rejas de sus balcones aún se veían oxidadas y sus persianas de madera apolilladas. Pero ahí ya no vivían los pintores o las prostitutas. Ahora todos eran restaurantes finos con grandes carpas rojas o azules estampadas de letras doradas con nombres como La Mere Catherine o Au Clarion de Chasseurs. En sus mesitas coquetas sobre la banqueta los comensales podían tomar desde un café au lait y un croissant hasta una soupe á l’ognion gratinée y un vin de Bordeaux. Muchos de ellos, para ensalzar el romanticismo francés, adornaban sus ventanas con frondosas enredaderas colgantes salpicadas de flores rojas, amarillas y moradas que hacían juego con las sombrillas de los pintores chic. Ya no era el antiguo parque mugriento de bohemios pobres tratando de ganarse la vida y hacerse nombre en el mundo de arte. A Pierre le daban nostalgia todos estos cambios, pero tenía que aceptar que la fusión de colores y sombras que rebosaban el lugar eran ahora más atractivas.
Los turistas no tardaron en inundar el pequeño parque. Ahora era solo cuestión de tiempo para que Pierre empezara a trabajar, o por lo menos eso esperaba él, no sólo porque ya le hacían falta unos euros en la bolsa sino porque pintar caricaturas era su pasión y su razón de ser. Se sentó pacientemente en su viejo banco observando como sus potenciales clientes eran usurpados por la competencia y gastaban su dinero en imágenes de la Torre Eiffel o el Arco de Triunfo que, según él, tenían poco mérito artístico y se podían conseguir en cualquier otro puesto de souvenirs. ¡Montmartre era para artistas, no para la vendimia barata! musitaba él. Pero eso no lo entendían los turistas americanos y asiáticos.
Al fin se acercó una familia latina. Pierre sólo hablaba francés, con un acento tan cerrado y local que era imposible darse a entender con los turistas. Sin embargo, con señas y gestos aprendidos por años de experiencia, los invitó a tomar asiento sobre unos paños colocados en la acera y acordó el precio de su trabajo. La sonrisa que gesticuló cuando ellos aceptaron fue tan notoria que hizo resaltar todas las arrugas de su rostro. El brillo que surgió en su mirada fue tan espontáneo que la familia, sin entender lo que les decía, se colocó para posar ante él. Procedió a extender un pliego de papel sobre un cacho de cartón. Después colocó a su lado una caja de madera desvencijada que contenía pedazos de lápices, puntillas de carbón y trozos de gis. No había colores en la caja, pero la cantidad de sombras de gris era incontable y todo combinaba con su percudido mandil y con la canosa cabellara que caía sobre sus hombros.
Tomó unos segundos para analizar a cada integrante de la familia. Les pidió que voltearan para acá y para allá para observar sus facciones y los reflejos de la luz sobre sus caras. Escrutaba todo con precisión. Cerraba los ojos para fijar los rasgos de cada uno en su mente. Volvía a centrar sus brillantes ojos verdes en el papel, luego en los rostros de nuevo y luego en su caja para elegir el carboncillo correcto. Los dedos de Pierre, negros bajo las uñas y las cutículas, tomaron las puntillas y empezaron a dibujar el primer boceto general. Los movimientos de su mano sobre el papel eran amplios y fluidos, como si estuvieran dirigiendo una orquesta sinfónica. Conforme avanzaba en la pintura volteaba con más frecuencia a ver a sus modelos, pero ya no movía su cabeza completa sino solo la mirada, y con cada desliz del carboncillo sobre el papel, se le dibujaba a él una sonrisa en la cara. Con una mano sostenía el cartón y el papel sobre sus rodillas, y con la otra hacía trazo tras trazo, como un niño coloreando con crayolas en su cuaderno escolar. Cuando de pronto fruncía el ceño por algún error menor, llevaba su pulgar tiznado a la lengua, lo mojaba con un poco de saliva y lo usaba para tallar y borrar las líneas que no le habían gustado. Volvía a sonreír y seguía dibujado.
Al cabo de treinta o cuarenta minutos, el pliego de papel había sido cubierto completamente por sombras negras, grises y blancas que proyectaban las caricaturas de los extranjeros. La familia quedó maravillada, observó divertida los resultados de la ilustración y pagó al pintor. Enrollaron el dibujo, lo guardaron en un tubo de cartón y siguieron su camino.
Pierre guardó los billetes en su caja de puntillas y aprovechó para tomar un cigarro a medio fumar que había dejado ahí el día anterior. Nada en la vida le daba mayor placer que recibir un golpe de nicotina después de haber dibujado con tanta inspiración. Volteó a observar su sombra sobre la calle y volvió a pensar en aquellos pintores de antaño; aquellos que como él mantenían la esencia de Montmartre y llenaban de vida el corazón de Paris. Exhaló con lentitud y observó cómo el humo que salía de sus pulmones se desvanecía en crepúsculos hacia el cielo. Hoy dormiría en paz.