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Morir solo

Denzil Garteiz•Revista Narrativa No. 36, 2026

Morir solo en un país que no es el tuyo, donde pocos te conocen y a nadie le importas, debe de ser del carajo. Eso pensé cuando recordé al General Andazola, a quién conocí brevemente en mi infancia y por quién me quedó grabada esa sensación en la memoria.

El viejo habitaba en el departamento de la planta baja del edificio de cuatro pisos donde yo vivía. Era en las afueras de la Ciudad de México, por allá de los años setenta, cuando yo tenía seis o siete años de edad.

Lo veíamos poco. Casi nunca en las mañanas al salir para la escuela, pero sí a veces, cuando nos reuníamos los niños de la cuadra por la tarde a jugar en la calle frente a los departamentos. Aparecía de pronto, caminando solo desde la esquina donde terminaba la calle y siempre vestido con el mismo traje gris percudido, dos o tres tallas más grandes de lo que su cuerpo podía rellenar. Siempre iba con la mirada al suelo sin percatarse de nuestra presencia, con el paso lento y arrastrado. Todos los días traía en la mano una bolsa de papel con el cuño de la panadería de la colonia que parecía contener algún bizcocho o bocadillo para cenar. Era casi calvo, con unas cuantas hilachas de cabello blanco desarreglado que se le escondían tras las orejas y hacia el cuello. Cuando hacía frio o amenazaba con llover lo veíamos venir cubierto con una gabardina enorme que a lo lejos le daba la apariencia de ser un espantapájaros, caminando sin rumbo en una ciudad de concreto, sin maizales ni aves o roedores que espantar. Al verlo acercarse a la puerta del edificio, todos, hasta los niños de dieciséis o diecisiete, le dábamos la espalda o nos quitábamos de su camino, no fuera a ser que nos embrujara con la mirada. Los rumores e historias que contaban los adultos sobre ese hombre en la privacidad de sus casas, y que después repetíamos los niños con la distorsión propia de la imaginación, nos dejaban a los más pequeños con miedos nocturnos y temores constantes.

De todos los niños de la cuadra yo fui el único que conocí el interior de su vivienda. No fue por gusto, ni fue algo de qué presumir con los amigos. Más bien fue algo que hubiera preferido olvidar por siempre. Pero hasta hoy, que tengo la edad qué él debió haber tenido en esa época, lo sigo recordando.

Fue una tarde de invierno, cuando obscurecía temprano y nuestras jornadas de juego en la calle terminaban pronto. Recuerdo que sonó el teléfono de la casa y escuché a mi madre hablar con alguien a quien le aceptó, un poco titubeante, ir a ayudar. Mi madre era enfermera y el General le acababa de solicitar que bajara a aplicarle una inyección intramuscular. Llevaba varios días enfermo y el médico le había recetado un antibiótico. Al no tener quien lo ayudara había solicitado los servicios de mi madre. Le dejaría la puerta abierta y la esperaría en su habitación. Estaría acostado boca abajo con todo el cuerpo cubierto por sábanas excepto por los dos o tres centímetros cuadrados del glúteo donde debía aplicar el medicamento. La jeringa, el alcohol y la ampolleta estarían en una mesita a la entrada del departamento para que lo pudiera preparar antes de entrar en la habitación.

Mi madre, una mujer valiente y acostumbrada a tratar con enfermos, aceptó el encargo. Sin embargo, aunque en esas épocas no había porqué sospechar de peligro o de las perversiones que existen ahora, decidió pedirme que la acompañara. Me dijo que no quería dejarme solo en el departamento, pero también quería asegurarse que el General escuchara que ella no venía sola. Yo me quise negar, pero no podía mostrar mi cobardía ante mi propia madre, menos aún si ella tendría que ir con aquel vecino de la gabardina y la bolsa de pan.

La distribución del departamento era idéntica a la nuestra del tercer piso, pero de inmediato me percaté de la falta de iluminación. Las cortinas estaban cerradas y faltaban focos en las lámparas del techo. Los pocos muebles que había estaban cubiertos de polvo y el olor a humedad nos azotó como una bofetada al cruzar la puerta de la entrada. Me aferré a la pierna de mi madre mientras ella preparaba el medicamento e impregnaba la torunda de algodón con alcohol. Después le apreté la mano mientras nos dirigimos caminando al final del estrecho y obscuro pasillo que llevaba a la habitación del General. El antiguo piso de parquet rechinaba bajo mis pies. Ella tocó a la puerta, él le autorizó la entrada con voz débil y rasposa y ella, hablando en voz alta para que el General supiera que yo estaba ahí, me pidió que la esperara un momento. La vi desaparecer en la alcoba y me senté tembloroso en el suelo sin querer moverme ni para respirar.

Cuando mi vista empezó a acostumbrarse a la obscuridad y con la mirada comenzé a divagar con curiosidad hacia lo alto de las paredes, me quedé petrificado. Colgada en la pared, había una figura de madera casi de mi tamaño, labrada y pintada con exquisito detalle, de un hombre crucificado observándome por los rabillos de los ojos. Mi familia no era de ir a misa y aunque yo tenía edad suficiente para saber que era Jesús quien me observaba, nunca lo había visto en esas condiciones y con tanta prolijidad. Manos y pies clavados a la cruz de madera; sangre escurriendo por su frente donde la corona de espinas le penetraba las sienes y las cejas; el pecho con llagas provocadas por alguna espada o flecha. Semidesnudo salvo por un trapo en la cintura, con el cabello largo escurrido por el sudor. Y la expresión de su cara, con el sufrimiento de la humanidad plasmado en ella, cayendo sobre mí sentado en el obscuro rincón del pasillo. Cuando crucé mi mirada con la suya sentí una involuntaria humedad en los calzoncillos y estuve a punto de gritar, pero justo en ese instante, mi madre salió de la habitación, me tomó de la mano y salimos de ahí. Todo fue tan rápido que a ella no le dio tiempo de contarme cómo había encontrado al General ni a mí de decirle que me había orinado.

Fueron solo unos días después cuando, al estar jugando a las escondidillas con los vecinos de la cuadra, vimos llegar a la ambulancia y presenciamos como los paramédicos se llevaban al General en una camilla con rueditas cubierto por una sábana amarilla. Fue también esa noche que supimos, por el chismerío de todos los adultos del conjunto de departamentos, que el General, un exiliado de la Guerra Civil Española, a quien nadie conocía bien y que nadie sabía a qué se dedicaba, había muerto. Unos decían que había huido de su país por los crímenes adjudicados, otros que era un espía del gobierno español instalado en México y otros más que había emigrado tras perder a toda su familia en la guerra. Nadie sabía la verdad, pero a mí eso no me importaba. Yo solo podía pensar en aquel Cristo crucificado, que había sido su única compañía, y que ahora también había quedado abandonado en aquel obscuro pasillo.

No hubo nadie que fuera a reclamar el cuerpo a la Cruz Roja, nadie a quién dar aviso del fallecimiento y nadie que llevara flores al sepelio. Sabría Dios quién lo velaría o dónde lo enterrarían.

Son de esas cosas que quedan en la memoria y uno no sabe por qué. Lo que sí sé es que yo no quiero morir solo.

***

Gracias por leer