Pompas de jabón
Me fascinaba escuchar cuando decía la palabra: burbuja. Era como si soplara pompas de jabón al aire. Inflaba sus cachetes, fruncía los labios y, sin saber pronunciar aún la erre, decía: budbuja. Yo reía por dentro pero no me atrevía a corregirla. Quería escucharla así por siempre.
Cuando su madre se la llevó de mi lado me quise morir, pero no había mucho que hacer. Yo tenía diecinueve años, no había terminado la prepa y no conseguía trabajo. Sus padres nunca dejaron que nos casáramos. Fueron ellos quienes arreglaron todo para dejarme sin esposa y sin hija. Pensé que nunca más volvería a ver a mi nena de tres años.
Todo ocurrió cuando aprendió a manejar. Yo era chofer y para ganar unos pesitos de más daba clases de manejo en la agencia Auto-School de México. Cuando leí su nombre y apellido en la solicitud del curso se me paró el corazón. No lo podía creer. Y para cuando confirmé su segundo apellido y la fecha de nacimiento en la hoja de registro, las gotas de sudor frío ya me escurrían por el cuello y la espalda. ¡Era ella, después de quince años, era ella! Quise arrancar la fotografía de la boleta para no dejar de verla nunca.
Durante una semana la tuve sentada a mi lado por ciento veinte minutos al día, conduciendo un auto-escuela en el cual ella debía seguir mis instrucciones y yo debía calificar sus acciones. Entre hombro y hombro nos separaban unos larguísimos cincuenta centímetros. Estaba desesperado por conocerla, preguntar sobre su vida, sus gustos y sus temores, pero me tenía que morder la lengua.
Fue el martes cuando me hizo la pregunta más peculiar. Estábamos parados en un semáforo.
—Y a ti, Enrique, ¿qué es lo que más te gustaba hacer de niño?
Sin pensarlo mucho por la premura de la pregunta contesté:
—Ir al parque con mi padre a soplar burbujas de jabón.
Ella no parpadeó. No quitó la vista del parabrisas y no hizo más preguntas, pero por un segundo me pareció que apretaba con más fuerza el volante. La luz cambió a verde y seguimos manejando en silencio.
El viernes, faltando media hora para terminar el curso, decidí por primera vez en mi vida arriesgar el pellejo. Necesitaba unos minutos más con ella.
—Lo has hecho muy bien— le dije. Ya podemos concluir las clases. En Auto-School tenemos la tradición de invitarle un café a los alumnos al final del curso. Hay un Starbucks junto a la agencia. ¿Te animas?
Ella pidió un latte-machiatto-venti o algo así, y yo un americano del día. ¡Qué caros son los cafés de este lugar! pensé. Pero, en esta ocasión lo valía todo. Había dado el primer paso. Ahora solo tenía que dejar de hablarle sobre el reglamento de tránsito y los requisitos para sacar la licencia. Pero, no me atrevía a decir nada más. Ella no sabía quién era yo y yo no podía cambiar eso.
No sé si fue el café o los nervios acumulados durante el día, pero tuve que disculparme un momento para ir al sanitario. No quería tardar mucho pero aproveché para echarme un poco de agua en la cara y mirarme al espejo para darme valor de regresar a decir lo que tenía que decir.
Desde que salí del baño vi la mesa vacía. Titubeé un segundo y quise pensar que ella también habría ido al sanitario.
Encontré un billete de quinientos pesos sobre la mesa y a su lado, una nota escrita en la servilleta color café con logotipo verde: «Estimado Enrique, mi mamá llegó antes por mí y me tuve que ir. Te dejo esto de propina, muchas gracias por las clases, aprendí mucho».
La sal de las lágrimas me cegó la vista y tuve que secarme los ojos con la servilleta. Había algo más escrito en ella, pero el coraje no me dejaba verlo. Imaginé a esa mujer llevándose otra vez a mi hija de mi lado. La quise matar.
Entonces dudé entre lo que imaginé y lo que realmente pasó. Volví a desdoblar la nota mojada que había apachurrado en mi puño cerrado y terminé de leer su mensaje: «Quisiera ahora aprender en coche de velocidades, por favor háblame para agendar. Te dejo mi número de celular…»
El suspiro se me entrecortó en la garganta. Doblé la servilleta como si fuera un tesoro y la guardé en mi bolsillo.
Pasé una semana con insomnio, inapetencia y temblor en las manos. Fue hasta el siguiente sábado que me decidí a marcar el teléfono.
—Hola… eh, soy Enrique, del curso de manejo. ¿Para saber si aún estás interesada en el curso de standard?
Hubo un silencio… quizá solo unos segundos, pero un eterno silencio.
Y de pronto, pompas de jabón:
—Hola, papi. Qué bueno que llamaste. Me encantaría verte de nuevo.
Ya ves, me dije, todo cambió de lugar.